La isla de Madeira se vio sorprendida por la caída de nieve en sus cumbres más altas.
Este fenómeno natural ofreció un espectáculo visual inusual, donde las cimas de las montañas quedaron cubiertas por un manto blanco, contrastando vívidamente con el azul del océano Atlántico.
El paisaje se transformó, ofreciendo una marcada dualidad entre el frío de la montaña y el clima templado característico de la costa madeirense.