La autora recuerda un viaje a París en los años sesenta, una experiencia significativa vivida con la intensidad de quien visita por primera vez la "ciudad luz".
Durante la estancia, un par de sandalias blancas de medio tacón, con tiras finas y delicadas, fue adquirido en una zapatería de los Campos Elíseos como un gesto de afecto y recompensa. Este par de zapatos, aunque frágil, se convirtió en un tesoro personal, cuidado y reparado por el Maestro José de Sousa, de la Rua das Hortas.
Años más tarde, con la deformación de los pies y la aparición de un juanete, las sandalias fueron guardadas, pero permanecen como un grato recuerdo de la juventud y del París vibrante de esa época. La zapatería André, de donde provienen las sandalias, todavía existe, aunque en una forma diferente a la original.




