El Bordado de Madeira, expresión histórica y patrimonio cultural de la isla, desempeñó un papel económico crucial durante décadas, remontándose al siglo XV. Transformado de una práctica doméstica en un producto de exportación valorado internacionalmente a partir del siglo XIX, el bordado consolidó una cadena productiva que involucraba a miles de mujeres, apoyando a familias y la economía local.
Reconocido internacionalmente por su calidad técnica y refinamiento, el bordado madeirense se ha convertido en un símbolo de lujo y autenticidad. Sin embargo, la continuidad de este arte se enfrenta a un desafío significativo: la falta de renovación generacional. La escasez de nuevas bordadoras, con trabajadoras cada vez más envejecidas y poco atractivo para las generaciones más jóvenes, plantea serias preocupaciones sobre el futuro de la actividad.

