La revolución cubana de 1959 marcó un profundo punto de inflexión en la isla, dividiendo interpretaciones más de seis décadas después. Para algunos, representó la promesa de justicia social, acceso a la educación y mayor igualdad en un país marcado por fuertes desigualdades.
Para otros, abrió el camino a un sistema político autoritario, con concentración de poder, escasez económica, represión y emigración masiva. Antes de Fidel Castro, Cuba era una economía dinámica, pero con pobreza y marcadas desigualdades, un escenario que alimentó el discurso revolucionario contra la oligarquía y la influencia estadounidense.
El nuevo régimen implementó nacionalizaciones a gran escala y políticas sociales de gran alcance, como la alfabetización y el acceso universal a la salud y la educación, reconocidas incluso por críticos. Sin embargo, el precio fue la centralización extrema, la limitación de las libertades civiles y el fin del pluralismo partidista. La economía cubana enfrentó dificultades, dependiendo de la Unión Soviética y, tras su colapso, cayendo en una profunda crisis conocida como el "período especial". Las acusaciones de acumulación de fortuna personal por Fidel Castro contrastan con el discurso de igualdad y austeridad, haciendo que su imagen sea difícil de encajar en una narrativa única.