Tanto los Mayas como los Incas poseían conocimientos astronómicos avanzados, registrando los movimientos celestes y prediciendo eclipses a través de ciclos. Para ambos pueblos, un eclipse trascendía la mera observación astronómica, cargando profundos significados religiosos, políticos y simbólicos.
Los Mayas, con su Códice de Dresde, registraban tablas de eclipses, interpretándolos como amenazas divinas al Sol o a la Luna, que podían ser atacados por fuerzas sobrenaturales. Se realizaban rituales para proteger estos cuerpos celestes, en una visión donde mito y ciencia coexistían.
Para los Incas, el Sol (Inti) era una deidad central, y un eclipse se veía como una señal de desagrado divino o un ataque al Sol, amenazando el orden cósmico y el propio Estado Inca. La Luna (Mama Quilla) también ocupaba una posición importante, con eclipses lunares también interpretados como eventos peligrosos.